En cierta ocasión, el rey salio a cazar venados al bosque. Persiguiendo a uno de ellos se perdió sólo en el bosque. Intentó hallar el camino de vuelta a palacio pero no lo consiguió.

Recorriendo caminos se encontró con algunos agricultores pero lo ignoraban o bien no le conocían. Anduvo perdido y desorientado por los bosques durante algunos días hasta que oyó una música de flauta que provenía de un pequeño claro.

Siguiendo el sonido de la música se encontró con un viejo músico que reconoció al rey y que a parte de entenderle, se dirigía a él con respeto y sumisión. Cuando el rey le contó lo sucedido, él se ofreció a acompañarle para que pudiera llegar a palacio.

El músico estaba feliz de poder servir al rey, y el rey estaba complacido y agradecido de haber encontrado un buen hombre. Así que decidió agasajarle en palacio y ofrecerle un puesto de asesor en la corte. Luego el sastre del rey le confeccionó bonitos vestidos de acuerdo a su categoría.

Pasada una temporada el consejero se opuso a una decisión del rey y éste ordenó que fuera juzgado por desacato. El día del juicio, el consejero se vistió con la ropa que llevaba cuando el rey le encontró, y también llevó su flauta. El músico se personó ante el rey con humildad y arrepentimiento, y escuchó atentamente los cargos que le imputaban.

Entonces el rey le preguntó si quería hacer alguna alegación, antes de dictar sentencia. El acusado hizo una petición al rey: que le permitiera tocar una melodía con la flauta. A lo que el rey accedió.

De la flauta del músico brotó aquella bella melodía que facilitó su primer encuentro con el rey. Entonces vino a la mente del rey aquel feliz encuentro, gracias al cual el músico le guió hasta palacio. Así que el rey perdonó a su amigo y lo aceptó de vuelta con su gracia y bajo su amparo.

Únicamente aquellas personas que son auténticas valerosas, saben perdonar. Una persona perversa no perdona nunca porque no está en su naturaleza. Perdonamos sólo cuando amamos.