Érase una vez un hombre multimillonario que sentía una gran soledad. Abandonado por su familia, llenaba las horas trabajando duro para aumentar su fortuna. Llegado el período estival decidió relajarse en vacaciones haciendo un safari de lujo en los muchos parques naturales de Zambia. Sin embargo, por ironías del destino, su avión fue desviado a Malawi, uno de los países más pobres y densamente poblados del sureste de África.
A su llegada al aeropuerto les informaron que pasarían las próximas 24 horas en la capital y que al día siguiente por la noche embarcarían en un avión con destino a Zambia. Hasta entonces les alojarían un hotel de lujo.
Por la mañana, después de desayunar, salió del hotel decidido a comprar unos souvenirs para su familia. Nada más cruzar puerta del recinto ajardinado, percibió una inmensa miseria, luego vio a varios niños tirados en la calle, desnutridos, muy débiles de salud, con insectos revoloteando a su alrededor. Levantó la vista y un panorama desolador se presentó de él. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Se sintió tan conmovido por tales escenas que, dirigiendo su mirada al cielo gritó: “Dios, ¿por qué permites que suceda algo así? ¿Por qué no pones fin a este sufrimiento curando a esta pobre gente y proporcionándoles alimento? ¿Por qué no respondes? ¡Haz algo, por favor!…” Pero no hubo respuesta alguna.
 
Volvió al hotel y lloró amargamente sobre la cama hasta que se quedó dormido. Entonces Dios le habló diciéndole: “He hecho algo muy importante; te he hecho a ti para que les ayudes. No me culpes de la miseria humana. Busca en tu corazón y encuentra la respuesta.”
 
Cuando despertó, se sentó en silenció y buscó en su corazón y halló la respuesta: “Sé solidario. Viniste al mundo solo y te irás solo de este mundo. Todo lo demás es secundario”.  Canceló sus vacaciones  y volvió a su país donde creó una fundación con su fortuna para ayudar a gente pobre de países en desarrollo. Desde entonces vive el corazón y no se ha sentido solo nunca más.