Sucedió que en una ocasión iban por la carretera un hombre, su caballo y su perro. Llevaban horas y horas caminando y el hombre se dio cuenta que no llegaban al campo que estaba a tan solo 10 minutos de casa. Entonces descubrió que estaban muertos. Hacía unas horas que un camión había arremetido contra ellos. Así que, a veces se necesita algo de tiempo antes de que los muertos sean conscientes de su nueva condición.

Así que continuaron su marcha hacia la cima de la montaña, bajo el sol inclemente, que, misteriosamente, les castigaba como si estuvieran vivos. Después de mucho caminar se sentían agotados, tenían que beber un poco de agua a la desesperada. Al pasar un remanso se acercaron a un hermoso lugar con una puerta de mármol, que conducía a un lugar con el suelo con baldosas de oro, y en el centro del cual había una fuente de la que brotaba agua cristalina.

El viajero se detuvo con sus compañeros de viaje en la puerta y se dirigió al conserje que protegía la entrada.

– Hola -dijo el viajero.

– Hola -respondió el conserje.

– ¿Qué es este lugar tan bonito? -preguntó el viajero.

-Es el cielo – respondió el conserje.

-¡Qué bien que hayamos llegado al cielo, porque tenemos mucha sed!

-¿Podemos beber agua? – Preguntó el viajero.

-Mi caballo y mi perro también tienen mucha sed.

-Lo siento mucho – dijo el guardia – Aquí no se permite la entrada a los animales.

El hombre se sentía muy deprimido porque su sed era grande, pero él no quería ir solo y dejar a sus amigos, que estaban con él desde hacía tanto tiempo y dejarlos morir de sed. Así que de despidió del guardia y siguieron el camino.

Después de una larga caminata, en una colina con más y más fatigados, llegaron a un lugar apartado, donde vieron una gran puerta. Al acercarse, vieron que, a diferencia de la anterior era mucho más sencilla. El lugar también era más humilde: ni había ni piedras preciosas. El portal simplemente daba a un camino de tierra con árboles a ambos lados que conducían a unas piedras de las que brotaba una fuente de agua cristalina.

A un lado de la puerta, un hombre se apoyaba en silencio. Un sombrero le cubría la cabeza y parecía no haberse dado cuenta de la llegada de los visitantes.

Buenos días, -dijo el caminante.

Buenos días, -respondió el hombre mientras levantaba la vista.

Disculpe, señor, tenemos mucha sed y desearíamos beber agua, tenemos mucha sed.

Pueden pasar los tres y beber de la fuente todo cuanto quieran, -dijo el hombre, indicando el lugar.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y saciaron su sed.

-Muchas gracias-dijo el viajero, a la salida.

-Vuelvan cuando quiera, -respondió el hombre

– Perdone -dijo el viajero, -¿Cuál es el nombre de este lugar?

-Este lugar se llama El Cielo – respondió el hombre.

-¿El cielo? El hombre que guardaba el portal de mármol que encontramos en el camino me dijo que el lugar era el paraíso.

-Aquello no era el cielo, era el infierno -dijo el viajero.

El viajero estaba perplejo.

-Entonces, -dijo el viajero-, si la información es errónea puede causar mucho dolor y confusión.

-De ninguna manera – dijo el hombre- nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus amigos a cambio de un sorbo de agua.