Ocurrió a principios del siglo XIX. Era un hombre muy conocido por sus correrías y fechorías, que vivía en un pequeño pueblo. Una mañana al despertarse se dio cuenta que sus manos estaban aprisionadas por unos grilletes. Cómo pudo suceder una cosa así, ni él lo recordaba ni nadie del pueblo. Se sospechaba si había sido su propia mujer, o la policía a que burlaba muy a menudo o tal vez alguien en venganza; pero nadie parecía saber nada. Lo relevante era que no podía utilizar libremente sus manos; era como si estuviera preso.

El hombre bregó en vano, bastante tiempo, para intentar quitarse los grilletes y la corta cadena que los unía. Intentó retirar en balde sus manos de los grilletes, pero lo único que consiguió fue moretones y heridas. Luego abatido y desmoralizado salió a la calle en busca de alguien que pudiese liberarlo, pero la gente le esquivaba. Algunos se mofaban de él, otros le aconsejaban y unos pocos intentaron liberarle sin éxito pero eso sí, provocándole más heridas lo que aumentó su dolor, su tristeza y su aflicción. Al poco tiempo sus muñecas estaban tan tumefactas y sangrientas que cesó de pedir ayuda, aunque no podía soportar el constante dolor, ni tampoco su esclavitud.

Así fue de pueblo en pueblo hasta que llegó a uno donde no le conocían, recorrió las calles desmoralizado hasta que pasó delante de la forja de un herrero que estaba forjando una gran espada a martillazos a partir de una barra de hierro candente. Se quedó atónito mirando aquella escena y pensó “Tal vez ese hombre podría…”

Al terminar el trabajo, el herrero alzó la vista y viendo al hombre con sus grilletes le dijo: “Ven amigo, si quieres puedo liberarte”. El hombre se acercó y siguiendo las instrucciones del herrero, puso las manos a ambos lados del yunque y aquél partió la cadena de un solo golpe. Con dos golpes más las muñecas quedaron libres de los grilletes.

El hombre fue liberado, quedó libre para caminar hacia el sol y el cielo abierto, libre para hacer todas las cosas que quisiera hacer. Sin embargo, sintió hacia su libertador un profundo respeto y en su interior nació un enorme deseo de servirle por haberlo liberado. Pensó que su misión era permanecer allí como agradecimiento y trabajar para él. Así lo hizo, y se convirtió en un simple ayudante.

Muchas personas sueñan con la libertad, pero están prendadas de sus cadenas. Ese hombre ya libre de los grilletes físicos, tomó otros más penosos y persistentes. Puso grilletes a su mente y a sus emociones aunque, había llegado allí buscando la libertad.