Dejar, soltar, desapegarnos es una labor intrínseca en el crecimiento como seres humanos, como buscadores de la verdad. El resultado es quedar libres del dominio de nuestras emociones, pensamientos, crispaciones, tensiones, o incluso del rechazo a la veracidad.
El apego forma parte del mundo occidental y resulta bastante difícil de imaginar la vida sin él, puesto que nos proporciona el sentido de pertenencia, de seguridad e incluso vínculos afectivos. Sin embargo todo es efímero.
Estamos tan familiarizados con el estrés, las ansiedades, las preocupaciones, las inquietudes que nos turban, que si por un momento creemos que todo eso puede desaparecer, imaginamos que también se irán también la alegría, el placer, la ternura y hasta el amor. Y si pensamos así, entonces esta vida sin emociones nos parece un poco rara. Sin embargo, la apatía, el aburrimiento que hace que nos sobrecojamos, es de hecho el estado de los deseos no satisfechos; el reverso exacto de las distracciones y la agitación que buscamos asiduamente. 
Muchos aún nos encontramos en el núcleo del feudo del apego, que se basa en tener y no tener, poseer o no poseer, conservar o no conservar, incrementar o no aumentar. Pero si reflexionamos, ¿Acaso hay alegría en ello?